Pueblo que escucha y sigue a Jesús

La escena evangélica de hoy empieza con una información muy importante: la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de Dios. No en el interior de la sinagoga, sino junto al lago. La cátedra desde donde Él enseña y habla es la barca de Simón. Seguramente aquel pequeño grupo de pescadores lo escuchaban muy cerca de Él. Con Jesús, la palabra de Dios no queda reservada exclusivamente para el lugar de culto sino que sale a encontrar al pueblo y a cada persona en su vida y ocupaciones de cada día. No hace falta que haya el libro sagrado para leerlo y explicar su sentido. Jesús es la Palabra hecha vida. Después de la enseñanza con palabras viene lo que podríamos llamar enseñanza práctica. Ahora, sin embargo, con un grupo mucho más reducido, con Simón y sus compañeros: «Remad mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca». Haber escuchado la palabra de Dios lleva a poner plena confianza en Él y en su Hijo Jesús, la Palabra hecha carne humana. Simón, que ya reconoce a Jesús como Maestro, no lo ve nada claro y, a pesar de todo, confía en Él y es capaz de echar las redes venciendo el miedo a hacer el ridículo, y ve cómo la confianza en Jesús y la obediencia a su palabra le hacen ir mucho más allá de sus expectativas.

La aventura de Pedro y sus compañeros junto a Jesús es modelo del camino al que estamos invitados todos los creyentes, tanto en persona como en comunidad. Se nos recuerda, pues, la importancia de acercarnos a Jesús para escuchar y acoger la palabra de Dios y para discernir, con la luz del Espíritu y la ayuda de la comunidad, qué se nos pide y qué pasos nos invita a hacer en nuestra vida de cada día. Siempre será una palabra que invita a confiar en aquel que nos la comunica y que fue el primero en vivirla. Que nos hace vencer el miedo y el pensar que no se dirige a nosotros. Que invita a tomar decisiones que tienen repercusiones importantes en la vida: «Dejándolo todo, lo siguieron». Y a tener la disponibilidad constante de Isaías:

“Aquí estoy, mándame"



LLAMADOS A SER SANT@S

Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre o madre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales.

Deja que la gracia de tu bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por Él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida (cf. Gal 5,22-23). Cuando sientas la tentación de enredarte en tu debilidad, levanta los ojos al Crucificado y dile: «Señor, yo soy un pobrecillo, pero tú puedes realizar el milagro de hacerme un poco mejor». En la Iglesia, Santa y compuesta de pecadores, encontrarás todo lo que necesitas para crecer hacia la santidad. El Señor la ha llenado de dones con la Palabra, los sacramentos, los santuarios, la vida de las comunidades, el testimonio de sus santos, y una múltiple belleza que procede del amor del Señor, «como novia que se adorna con sus joyas» (Is 61,10).

(Gaudete et exsultate 14-15)

La madre de san Juan Bosco, al anochecer, zurcía los calcetines de los jóvenes recogidos a los que él acogía y daba instrucción. Un día le dijo: «Juan, ¿no crees que te pasas de la raya?». Juan no dijo nada, levantó los ojos al crucifijo, ella también… y siguió zurciendo calcetines.