Las bienaventuranzas siempre nos remueven por dentro. Oír que son proclamados felices los pobres, los que tienen hambre, los que lloran y los que son perseguidos sacude los valores que el mundo privilegia y que, de manera más o menos consciente, han entrado también en nosotros. Esto se refuerzagracias a la expresión directa e incisiva que tienen en Lucas. Seguramente es bueno, porque el evangelio quizá nos está diciendo que, en el fondo, nos cuesta conectar totalmente con el pensamiento de Jesús. Y nos cuesta, especialmente, seguirlo asumiendo sus actitudes. En la celebración de hoy, las bienaventuranzas están acompañadas de las maldiciones y bendiciones de Jeremías y del salmo. Por esto nos sitúan ante dos maneras de encarar la vida y de querernos realizar como personas y como comunidad humana. De manera catequética hacen que nos preguntemos en quién confiamos realmente. O sobre qué valores organizamos nuestra vida y nuestro mundo; una vida y un mundo que –de hecho– no son «nuestros» sino que nos han sido confiados por Dios. También queremos recordar que el deseo de Dios es llenar de bienes a los pobres y exaltar a los humildes, como proclaman María en su cántico del Magnificat y el mismo Jesús en la sinagoga de Nazaret (evangelio del domingo tercero). O como recordará el evangelio de Lucas en la parábola del pobre Lázaro y el rico (cf. Lc 16,19-31).

Los «ayes» o las amenazas se dirigen a todas aquellas personas que viven satisfechas e instaladas en el bienestar sin preocuparse para nada por el sufrimiento de los demás. Y a veces siendo los causantes del sufrimiento de los más frágiles. Un tipo de vida que, según Jesús, camina hacia el fracaso total. Se dirigen también a aquellas sociedades que defienden encarnizadamente su bienestar y se cierran a abrirse a los demás, perdiendo la oportunidad de experimentar el gozo de compartir y de poder enriquecerse con la riqueza espiritual que suelen comunicar las personas con menos recursos materiales y que han experimentado situaciones muy largas de sufrimiento. 


5 puntos para transmitir la fe en nuestros hijos e introducirlos en la vida cristiana

    “Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes.” (Deuteronomio 6, 6-7)

La Catequesis, es decir, la transmisión de la fe en la familia es indispensable para tener una buena vida cristiana ya que son los padres los principales catequistas. Es en la familia donde se debe transmitir y vivir la fe; y junto con la parroquia introducir a los hijos en el camino de la vida cristiana.

Primero. Conozcamos nuestra fe. Nadie da lo que no conoce, por eso es necesario que tengamos una formación por lo menos básica en la fe para poder transmitirla a nuestros hijos.

Para esto podemos leer vidas de santos, conocer el catecismo de la Iglesia Católica, leer la Biblia, participar en cursos, etc. Sólo es cuestión de dedicarle un rato para nuestro crecimiento espiritual. Al final es una muy buena inversión.

Segundo. Que se sienta la presencia de Dios en nuestra vida familiar.

Es necesario que nuestros hijos se acostumbren a sentir a Dios en la vida cotidiana, en el día a día y desde pequeñitos. Esto se logra impregnando nuestra vida de la cercanía de Dios, para que así, nuestros hijos puedan tener una relación personal con Él cotidianamente.

Tercero. Enseñemos a nuestros hijos a rezar y a dialogar con Dios.

Rezar y dialogar son cosas diferentes. Para rezar podemos adoptar algunas devociones que a nuestra familia nos ayuden a acercarnos a Dios.Es necesario que seamos constantes y que nuestros hijos vean que lo hacemos con gusto y con amor. Para dialogar con Dios es necesario que haya espacios y tiempos adecuados que propicien esa comunicación. Primero hay que enseñar a nuestros hijos a hablar con Dios y poco a poco ellos lo irán haciendo solos. Es necesario explicarles que a Dios hay que hablarle con palabras humanas que salgan del corazón, así el diálogo será el de un hijo para su padre.

Cuarto. Propicia la confianza en Dios.

Para que haya diálogo debe haber confianza. La confianza no es otra cosa que sentirse amado y cuidado y así poder abandonarse por completo a la acción de Dios en nuestras vidas. Si nuestros hijos aprenden poco a poco y con nuestra ayuda a confiar en que Dios siempre nos ayuda, podrán hablarle y contarle lo que hay en su corazón. Cuando son pequeñitos podemos ayudarles y que ellos repitan lo que nosotros decimos, pero en cuanto puedan, que sean ellos mismo quienes hablen con Dios. Sólo es cuestión de práctica. Así también aprenderán a escuchar a Dios, es decir, a discernir Su Voluntad para ellos.

Quinto. Celebra en familia los sacramentos.

Es importante que como papás vayamos acercando a nuestros hijos a los sacramentos que les corresponde conforme a la edad y madurez de cada uno.

Nadie mejor que nosotros para saber que ya están listos y así buscar el apoyo de la parroquia para llevar el proceso adecuado para cada sacramento. Ojalá que seamos valientes y nos atrevamos a ser una verdadera Iglesia doméstica donde Cristo esté en el centro de nuestra vida familiar y nuestros hijos puedan vivir el Amor de Dios en cada momento de la vida cotidiana


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