SIGNOS DE VIDA Y DE RENOVACIÓN 

Dentro de dos semanas celebraremos la Pascua de Resurrección. El próximo domingo será el Domingo de Ramos, la puerta de la Semana Santa. La espiritualidad de la Cuaresma nos ha acompañado todos estos días y durante los tres últimos domingos nos ha invitado a intensificar la conversión o el despojarnos de todo aquello que no es evangelio en nuestra vida.

El evangelio de hoy nos describe la escena del perdón a la mujer adúltera. «Ninguno te ha condenado… Tampoco yo te condeno». Jesús, después, continúa su camino hacia la cruz y hacia su resurrección para perdonar y no condenar a nadie.

A pesar de las circunstancias de nuestra historia actual, que ofrece tinieblas, muerte y esterilidad espiritual, observamos que existen también signos de vida y de renovación. El profeta Isaías detalla estos signos de vida y nos dice que prestemos atención cuando nos dice: «Mirad que realizo algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?». En vísperas de la celebración de la Pascua de Resurrección, percibimos algo nuevo que se respira en el aire y que brota en cada uno de nosotros. Notamos algo nuevo en nuestro interior y esperamos que llegue. Lo esperamos y, a la vez, lo experimentamos ya. Son estas cosas de nuestra liturgia católica. La Iglesia continúa también su camino hasta configurarse plenamente con Cristo muerto y resucitado. Nosotros somos Iglesia peregrina y somos catequizados al ritmo del Año litúrgico. Estamos ya en los umbrales de la Semana Santa. La Cuaresma termina y es lógico que hayamos pensado muy insistentemente sobre nuestra conversión, sobre nuestro encuentro renovado con el Señor Jesús. Se ha dicho que la conversión dura toda la vida y, también, que es un camino discontinuo. Hay muchas cosas que impiden la rectitud de ese camino. Y entre ellas no debemos olvidar las tentaciones.El Señor las tuvo en el desierto y, sin duda, tenían un fondo de mayor sutileza que su propia enunciación primera podría parecer. El Maligno intentaba, sobre todo, separar a Jesús de Nazaret de la misión marcada por el Padre. Los reinos de la tierra, las caídas del pináculo del templo o la transformación de las piedras en pan eran planteamientos de una cierta normalidad, aunque engañosa. El Diablo quería que Jesús usase su poder para sí mismo, para su beneficio. Y en la misión encargada por el Padre Dios aparecía “abajarse” hasta la desaparición, como bien muestra la profecía de Isaías referente al Varón de Dolores.

En nuestra vida cotidiana, las tentaciones son también sutiles y nunca enseñan, desde el principio, el resultado final de las mismas. El Tentador es fundamentalmente mentiroso y siempre promete, pero jamás da nada. Pero, en fin, muchas de nuestras dificultades en el camino de seguimiento a Cristo nos pueden parecer problemas psicológicos y parece útil analizar esto. Y el camino de Ignacio de Loyola, al respecto de dichas variaciones psicológicas, es formidable.

Hay situaciones de inesperada tristeza, o de pereza, o de inseguridad; la confusión nos llega y comenzamos a no estar seguros de nada, o de casi nada. Cuando nuestro estado de ánimo está así y no hay un problema objetivo –una desgracia real o un asunto difícil que hemos analizado suficientemente—que lo provoque, es que el Tentador ha mordido en carne y nos tiene sujetos. Estas incidencias en el cambio de carácter o reacciones sobre los estados de ánimo ya las vio con maestría excepcional, Ignacio de Loyola, en el siglo XVI, trescientos años antes de naciera Freud, el psicoanálisis y las modernas técnicas de examen de la mente.